1 de julio de 2010

Confesiones de una mente inofensiva.

La mano derecha sostiene un cigarro recién encendido, la izquierda, una cerveza recién abierta; un gran invento el encendedor, que funciona para las dos cosas, un gran invento. La boca bebe, succiona y después se tensa para emitir un juicio poco antes comprendido por ella misma. Pero prefiere callar dos o tres minutos para volver a beber y succionar, una boca que nunca permanece ociosa. Relaja la tensión mientras el humo le sale de una manera muy extraña a través de los dientes, amarillos ya; si fue el café o el cigarro u otra circunstancia, no creo que valga la pena, siquiera detenerse a pensar en ellos. Tiempo muerto.

El el humo continua saliendo sin descanso, se fusiona con las palabras quejumbrosas de una derrota. Finalmente, casi terminado el cigarrillo, admite una verdad abufonada: "Creo que tengo una personalidad adictiva". Trata de no tomarse en serio a sí mismo, pero no logra engañarse, prefiere desviar el tema.

Tiempo después de la resaca, se detiene en una débil lluvia que se niega a caer totalmente, cómo si tuviera que repartirse entre todo el verano, la boca vuelve abrirse, está vez sin la previa intención de mencionar cualquier cosa. Y una gota cae directo en los labios; podría ser un presagio, donde otros besan, o maldicen, o desgarran o se cagan de risa, la lluvia cae, nomás porque es lluvia y así de huevos. Le permanece un sabor dulzón, y el café de la media noche sabe aún más amargo, pero es para bajar la peda y poder escribir algo... entre Julios y otros dos le queda una sola deducción, mientras continua escuchando por enésima ocasión un tango en segunda:

Love is a fucking wrong idea, change it quickly.

Klansman.