Sentado, echado sobre un sillón marrón, ahora echo una ruina por garras similares a las que dieron cuenta del blanco, ve pasar dos días, luego catorce y entonces pasó un año, para un sillón que no puede ocuparse de parecida forma su antigua vastedad. Sentado, echado sobre un sillón marrón es el recuerdo más común, cuando se le piensa, pocas veces era capaz de cambiar de sitio allá dentro; muchas veces usado sólo cómo un escalón a la ventana cerrada para no dejarlo salir ni a él ni al calor infernal de la casa. Íntimos compañeros, él y el calor ven pasar el día, el sol caminando sobre las piedras que prometen calcinar los pies por muy grueso que esté el callo, o por lo menos llenarlos de ampollas; cómo en un puesto de guardia miran las calle sin pensar en nada porque no quieren o no pueden, vigilan los cinco o seis metros con recelo amplio en una obligación incomprensible salvo por la fidelidad propia de la especie. En su guardia, el calor nunca lo abandona, lo lleva en cada centímetro de la piel pareciera que el pelo lo retiene sin ganas de abandonarse al fresco del piso o a la helada agua resbalando por la cara, lo hace sentir somnoliento, cansado de no hacer nada salvo mirar por la ventana y gritar por su irritación... nunca lo abandona y desde hace tiempo se acostumbró a su incomodidad.
Las apariencias engañan, lo sabe bien. En su puesto, además de vigilar espera el resquicio que sin falta se abre todos los días, un ínfimo espacio acompañado del menor descuido para salir corriendo, sentir tierra y lodo bajo los píes sin que nada importe, ni el rumbo, ni los gritos despavoridos detrás de él, ni si quiera lo caliente de las piedras, con el aire entrando en la boca abierta casi en una sonrisa, silbando en las orejas que cambian de función. Él corre porque puede hacerlo y no se detiene salvo para comprobar el sonido del viento, sin pensar en nada porque no quiere o no puede hacerlo, el momento del día que extiende lo más posible, caminar, correr, andar por las calles sabiéndose el rey del barrio sin que nadie se le acerque por miedo al destino que enfrentarían de enfrentarlo.
Siempre camina de regreso con la cabeza libre y el cuerpo lleno de cansancio, lo esperan, lo sabe, lo esperan en su casa, y quien quiera que esté ahí terminará por cederle su sillón, su lugar en una casa que sabe suya, con personas que lo abrazan sin temor a su ira, que le jalan las orejas por tardar mucho, pero al final le dan una palmada en la espalda con una sonrisa, la casa que es suya aunque a veces sienta que las paredes se le vienen encima. El calor ya no importa, sigue con él pero lo ignora, abre la puerta y se tiende en el portal para demostrar que ha vuelto, bebe agua cómo camello y se duerme.
Despierto y él ya no está, partió hace mucho tiempo y no volvió abrir la puerta, me gusta pensar que está buscando cigarros o un French Puddle para quitarse la comezón de los dientes. Nadie ocupa ya el sillón marrón y ahora está roto, cómo si su mera existencia fuera inútil sin el antiguo dueño de su afelpada figura. Luego hay un repuesto, pero no es igual, es sólo un perro, pero no es igual.
Ulises Silva.
