La energía se agotó hace muchos minutos de los que ya no se dio cuenta. Descansa impávido, a veces sonriente, a veces melancólico por los segundos que no ve pasar, en otras pocas mira con picardía los rostros que lo miran desesperados. Luego llega el tiempo en que ya nada más le marca las horas. Cuando la realidad detiene su perversa inversión, busca en sus recuerdos entonces, en años mozos, cuando el vigor no había abandonado sus brazos e iba y regresaba del sueño sin ningún pesar. Un momento triste cuando el pasillo ya no resuena; ni con Charly ni con Fito, ni con Calamaro ni con Palomas. La puerta permanece cerrada con sus amenaza visible, el olor del café no le indica otro día, los cascos de caguama permanecen vacíos; y después de todo eso sigue sin recordarlo.
Vuelve la música, vuelven las risas, las pequeñas voces que susurran segundos que lo vigorizan de nuevo. Los comentarios culeros e hirientes sin intención de serlo le devuelven la cuenta; entonces se dice que puede hacer más que ver pasar el tiempo, que puede participar en los pequeños regocijos, su éxtasis llega cada vez que alguien lo señala cagado de risa o desconcertado, se siente parte y mira sonriente como se llena el ropero, ya casi a tope. Platican pero no siempre se entiende, desde sus fibras más intimas son distintos, pero no por eso dejan siempre de buscarse, aunque sólo sea para no sentirse tan solos. Le lleva ventaja en su soledad, a pesar de haber estado relegado al rincón más lejano y cercano al carmesí.
Recuerda entonces que no tiene memoria, que está casi muerto, nunca fue de su naturaleza recordar, se lo impide el mismo, porque debe ser tiempo, porque debe ser una marca en la pared que trate des pasar desapercibida. No puede estar triste, no tiene conciencia, no cura ni restablece, está medio muerto.
Aferrado a algún número mágico piensa en el sol, su primer aliado, ahora se lo ocultan las vigas de ¿hormigón? es demasiada presunción suponerlo. Le tocó estar solo, rodeado de fugaces compañeros que mueren por sus brazos. El ropero ahora en otro rincón, espera otro momento para abrir sus puertas y asilar algo, lo que sea; por lo menos sigue siendo útil, es más que un chiste local. La envidia lo corroe, hasta que recuerda, sin memoria que tampoco puede sentirla. No ama, no odia, sólo mira y olvida, marca y maldice. Pero ¿A quién le importa? es sólo un reloj.
Klansman.