25 de octubre de 2010

Yo tenía un borreguito que se llamaba Agustín, de cariño le decíamos chivo, eso parecía no molestarle. Un día su glotonería un día lo traicionó dado que se comió una lata azul que se atoró en su garganta matándolo por asfixia. Fue muy triste saber que el pobre Agustín había muerto, era un buen borrego, le gustaba hacer baaaahhh a los zanates que se paraban frente al edificio dónde vivía, ellos no le hacía mucho caso, pero lo mismo insistía todos los días y nunca se cansó, hasta que la lata maldita terminó con su vida. Lo enterramos frente a los departamentos, al lado de una palmera que después se derribó el huracán; primero habíamos pensado en prenderle fuego al estilo vikingo, pero mi mamá pegó el grito en el cielo por el latente paganismo de la situación, ella extrañamente ella le tiene miedo al infierno católico, aunque nunca va a misa. Entonces el borrego no tuvo su inmolación super chingona, en lugar de eso hicimos un pozo y lo echamos en una cobija que le gustaba morder. En el catecismo nunca me supieron responder si el borrego podía o no irse al infierno.

Algunos años después el sitio donde estaba su tumba se convirtió en una plaza Galerías bastante fresa, que nos tapaba la vista privilegiada del puerto que teníamos desde el tercer piso en que se encontraba nuestro departamento. Todos los martes, mientras vivimos ahí, llegaba un crucero que en aquél tiempo pensaba enorme cuya chimenea asemejaba a la cola de una ballena, sin embargo tenía una raya roja que cruzaba por todo el centro del tira humo del barco. Me hubiera gustado subirme alguna vez, con el tiempo dejó de venir los martes, igual y cambió de ruta.

En ocasiones e pregunto que habrá sido de la calaca del pobre agustín y la lata azul en su garganta. ¿Se la habrán encontrado mientras cavaban para hacer los cimientos de la plaza? Si fuera así estaría ahora desperdigado entre un montón de escombros en el basurero municipal o por ahí. Pobre borrego. El anti paganismo de mi amá ocasionó un pobre descanso para tus huesos; probable chamuzcado hubieras estado mejor, nadía te iba a joder nunca. Aunque igual y estás bajo Liverpool haciendo baahhh a las otras mascotas que la gente enterró ahí cuando no había más que un mangal.

Recuerdo que le decía a mi hermana que te convertiste en nube.

Ulises Silva.

19 de octubre de 2010

hoy, chinga tu madre.

hoy era día de decir muchas cosas tristes, pero yo creo que el silencio es mejor.................................
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A huevo me aguante. Brindo por un día triste.

SALUD!

Ulises Silva

11 de octubre de 2010

Conga.

Hace una semana estaba por las fiestas de Ocotlán y por diversas circunstancias estaba sobrio, ni una ínfima gota de alcohol pasó por mis labios esa noche. Entonces me dí cuenta de lo aburrido que era estar en medio de esa caótica escena; demasiado ruido, demasiada gente, demasiado sobrio; mi presencia en ese lugar había perdido su justificación. Me he puesto a reflexionar en que otras cosas de las que disfruto serán en realidad muy aburridas cuando no pisteo: Ir al cine, a misa, conseguir enemigos, hablar contigo, comer tacos, Spiderman 3... ¿Será que todas esas cosas son en realidad tan sosas cómo Tepic antes del narco?

No quiero pensar que mi vida esta basada en el alcohol, i mean, tampoco es para armar un super drama porque estuve sobrio un misero día del año, pero si puedo decir que me da miedo encontrar con que sólo me divierto en la simplicidad de la borrachera.

Podría decir que la sobriedad tampoco es mala; por ejemplo me he dado cuenta que mientras más pendejo ando, menos entiendo el sarcasmo y eso está jodido, porque el sarcasmo es muy divertido, de una manera muy solemne pero divertido a fin de cuentas, pero para usarlo o comprenderlo se requiere pensar mucho y ser malicioso, hasta hiriente en algunas ocasiones, pero cuando pisteo soy re buena gente.

El silencio no es divertido en la borrachera... creo. En privado es hermoso porque todo sonido se vuelve música y se queda cómo escrito en las paredes, no vuela y choca contra otros en constante puja por posarse en la poca conciencia que le quede al dueño de los oidos. Igual y en otros es al revés, pero a mi qué jodidos me importa.

Después de esto me surge la pregunta de que sí la sobriedad no es en extremo negativa ¿Cuál es entonces la puta necesidad de apendejar al cerebro? La respuesta, me lo parece, es sencilla: prejuicios. Mi cerebro está lleno de obstáculos y trabas, unos más inútiles que otras, para hacer o decir lo que juzgo cómo más lógico y competente a la situación. Tengo el problema de no poder hacer callar esa voz constante y sonante dentro de la cabeza que urge a que tal o cual cosa es peligrosa y es mejor dar la vuelta y buscar otro camino, menos resbaloso. Una vez que ingiero alcohol esa voz se calla y deja de hinchar las bolas.

Acallada esa voz puedo tomar los riesgos y hacer esas cosas tan insignificante que no me permito hacer en la sobriedad: Bailar, hablar, cantar bien recio a jeans, reir en voz alta, amar, correr a alguien de mi casa y decir pepe grillo: Chinga tu madre.

Ulises Silva.