Hay
días hermosos, cuando el sol aleja las corrientes heladas, la lluvia huye a
dónde la necesiten más y todo parece indicar que es un excelente momento para
salir a la calle a remover la basura en la calle.
La
basura, tantos olores deliciosos, tantas promesas, tanto que emana para un
perro que es inútil resistirse a mover la cola. Ladrar de puro gusto y agitar
una chancla mordida.
Eso
al menos para cualquier perro…no para él.
Ser
un perro no siempre es sencillo, menos para uno con un olfato tan desarrollado
cómo el suyo. Hay ese olor a carne aún masticable que los humanos tiran y
desperdician, la calle tiene olor a vida, a pasto verde, compañeros con los
cuales juguetear. Afuera suena a todo, al pájaro acicalándose, a la raíz
tratando de salir entre las uniones del cemento.
Los
humanos tienen los sentidos atrofiados por tanto olor a metal y los
desagradables sonidos estruendosos de los motores, sólo ven y la vista oculta
muchas cosas. Los perros podrán ser medio ciegos, pero hace tiempo que
aprendieron a guiarse por medios más infalibles. Los perros saben a qué huele
el miedo y la muerte. Por eso él no sale a la calle, no se deja engañar por la
simpleza de una bolsa de basura de carnicería, afuera hay algo más.
“Resistol”.
Sólo una mente retorcida con el alma podrida podría haber utilizado semejante
nombre, bien podría haber sido cadáver o carroña. Nombres funestos que encarnan
una profecía, un final predispuesto para un cachorro que apenas si podía
mantenerse en sus cuatro patas. ¿Quién podría ser tan malvado para hacerle eso
a su mascota?
De
pequeño no entendía su nombre, era solo una palabra, solo un sonido que
significaba nada más que comida en el plato o el juego de salir corriendo en
dirección contraria de quien llama para una persecución mutua, sólo los humanos
saben porque adoran ese juego.
Todo
era correr, destrozar zapatos y calcetines, no es su culpa que huelan a carne
pasada. Era solo un cachorro iluso y babeante sin nada que temer de la vida
salvo a las escaleras.
Esos tiempos terminaron.
Ya
no es un cachorro, tiene un año, más que suficiente para entender la vida, su
nombre y el destino funesto que éste trae consigo. Sólo algo le queda de
aquellos días, allá dónde se diga su nombre, seguirá corriendo en dirección
contraria.
No
importa cuán hermoso sea el día, Resistol no se deja llevar por sus instintos y
sale a correr con los otros perros que no saben controlarlos. “Imbéciles, son
ellos los que nos dan la fama de tontos”.
Resistol
observa la calle que huele a miedo, que le susurra una amenaza de su destino,
también escucha promesas de cosas buenas, comida, libertad y viento que alzará
sus orejas al correr. Sabe que solo es un señuelo de la vida, no será otro
perro bobo que se deja engañar por su destino, su nombre lo predice su nombre
lo deja pegado al suelo.
Desesperado
lucha por volverse a levantar, pero es inútil, sus patas no responden. Sentado
cómo estaba antes de pegarse, aúlla, ladra, le gruñe al suelo y llega a
morderse las patas. Imposible, su destino lo encontró.
Triste
olfatea la calle, huele a vida, a basura deliciosa y zapatos sucios, escucha lo
verde del pasto crecer, la perrita marrón que lleva la risa en sus ladridos, un
buen pájaro para perseguir. Resistol ya no huele el miedo, el miedo era suyo.
Ulises Silva.