Justo frente a los departamentos de
pochos al costado de la bodega, hay una parota enorme. Y vieja, más vieja de lo
que este lugar convertido en municipio puede contar.
Si hay un árbol que tiene la capacidad
de representar a un rancho tan variopinto cómo el mío, es ese. La bella y
basurienta parota.
Esta parota en particular tiene la
insolencia de desnudarse muy, pero que muy seguido, dejando una mullida
alfombra porque la que no puedes poner un pie sin llenar de hojitas la bodega.
El inexistente pudor de este árbol incluso llena todos los viajes de muebles
que nos llegan cada cierto tiempo. Habrá persona que encuentren que unos
muebles llenos de pequeñas hojas de menos de un centímetro diametral sea una tragedia
griega digna de hacer berrinche y contraria a la vida perfecta y limpia que
fingen vivir dentro de sus casas. Yo digo que un montón de hojas le dan
personalidad a lo que tengas, pero las hojas de higuera en el auto no son cómo
un montón de diminutas prendas de una parota descarada en tu suelo. A fin de cuentas,
yo no soy el que barre.
Su desnudez es tan sensual cómo
molesta.
Su sensualidad radica en repartir un
poco de sí misma para todos los que puedan admirarla: contra el sol, a primera
hora del día (las 9am), dando una sombra a media tarde que te hace extrañar al
sol, o nomás contemplando esa milenaria danza otrora contra el suelo, ahora
contra los que agradecemos la frescura que le da a la tarde dónde te cagabas de
calor. Es sensual porque es un show que hace para todo aquél que quiera darse
cuenta de lo que hace…repartir amor para todo Vallarta; o al menos a los
clientes de la mueblería
que no la juzguen de cusca.
Puede sonar hipócrita alabar a un
árbol tan bello y de madera tan codiciada cuando yo trabajo en una carpintería,
pero no lo es. Primero porque vendemos cartón disfrazado de objetos de deseo.
Segundo…sí soy hipócrita.
Me digo a mi mismo ecologista, porque
lloró por cada árbol que se cae, pero tengo una fijación por tener los lápices bien
afilados. Así cómo picar cebolla, mientras sea más fina la viruta, más
satisfacción rara me provoca. ¿Cuántos arboles habré contribuido a destruir
sólo por tener lápices afilados? Es otra de esas preguntas que me hago, de las
que prefiero no tener respuesta nunca. Saber tu contribución a la destrucción
del mundo es algo horrible. Mejor no saber.
Ahí está la molestia. No en barrer, no
en sacudir cada mueble en casas ajenas.
En encontrarla todos los días y sentir
que traicionas un acuerdo tácito a repartirla por el mundo. La hipocresía de
amarla y masacrar a sus primos con una naturalidad que sólo un villano de
comics podría tener.
Podría decir que este trabajo me está
matando de a poco; mata mis principios, mata mi tiempo, mata mis ilusiones, me
hace soñar todos los días con hadas a las que tengo que asesinar para seguir
viviendo. “Decías vos: es ser parte de la vorágine. –Es mejor que sea porque me
estoy haciendo viejo”. Es tener razón con trampa.
Todavía no llega la hora de tu carta. Aun no,
estás en el tintero, no creas que te olvido, pero aún no.
Puede que sea que el trabajo de todos sea
horrible, o puede que lo ames; el mío paga todas y cada una de las caguamas que
me tomo.
Ulises Silva.