29 de enero de 2018

Viejos encuerados.



Justo frente a los departamentos de pochos al costado de la bodega, hay una parota enorme. Y vieja, más vieja de lo que este lugar convertido en municipio puede contar.


Si hay un árbol que tiene la capacidad de representar a un rancho tan variopinto cómo el mío, es ese. La bella y basurienta parota.


Esta parota en particular tiene la insolencia de desnudarse muy, pero que muy seguido, dejando una mullida alfombra porque la que no puedes poner un pie sin llenar de hojitas la bodega. El inexistente pudor de este árbol incluso llena todos los viajes de muebles que nos llegan cada cierto tiempo. Habrá persona que encuentren que unos muebles llenos de pequeñas hojas de menos de un centímetro diametral sea una tragedia griega digna de hacer berrinche y contraria a la vida perfecta y limpia que fingen vivir dentro de sus casas. Yo digo que un montón de hojas le dan personalidad a lo que tengas, pero las hojas de higuera en el auto no son cómo un montón de diminutas prendas de una parota descarada en tu suelo. A fin de cuentas, yo no soy el que barre.


Su desnudez es tan sensual cómo molesta.


Su sensualidad radica en repartir un poco de sí misma para todos los que puedan admirarla: contra el sol, a primera hora del día (las 9am), dando una sombra a media tarde que te hace extrañar al sol, o nomás contemplando esa milenaria danza otrora contra el suelo, ahora contra los que agradecemos la frescura que le da a la tarde dónde te cagabas de calor. Es sensual porque es un show que hace para todo aquél que quiera darse cuenta de lo que hace…repartir amor para todo Vallarta; o al menos a los clientes de la mueblería 
que no la juzguen de cusca.


Puede sonar hipócrita alabar a un árbol tan bello y de madera tan codiciada cuando yo trabajo en una carpintería, pero no lo es. Primero porque vendemos cartón disfrazado de objetos de deseo. Segundo…sí soy hipócrita.


Me digo a mi mismo ecologista, porque lloró por cada árbol que se cae, pero tengo una fijación por tener los lápices bien afilados. Así cómo picar cebolla, mientras sea más fina la viruta, más satisfacción rara me provoca. ¿Cuántos arboles habré contribuido a destruir sólo por tener lápices afilados? Es otra de esas preguntas que me hago, de las que prefiero no tener respuesta nunca. Saber tu contribución a la destrucción del mundo es algo horrible. Mejor no saber.


Ahí está la molestia. No en barrer, no en sacudir cada mueble en casas ajenas.

En encontrarla todos los días y sentir que traicionas un acuerdo tácito a repartirla por el mundo. La hipocresía de amarla y masacrar a sus primos con una naturalidad que sólo un villano de comics podría tener.


Podría decir que este trabajo me está matando de a poco; mata mis principios, mata mi tiempo, mata mis ilusiones, me hace soñar todos los días con hadas a las que tengo que asesinar para seguir viviendo. “Decías vos: es ser parte de la vorágine. –Es mejor que sea porque me estoy haciendo viejo”. Es tener razón con trampa.


Todavía no llega la hora de tu carta. Aun no, estás en el tintero, no creas que te olvido, pero aún no.


Puede que sea que el trabajo de todos sea horrible, o puede que lo ames; el mío paga todas y cada una de las caguamas que me tomo.

Ulises Silva.

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