27 de septiembre de 2010

Fiestas pasadas, o por qué hoy tengo neunmonía y me muero lentamente. Drama mucho Drama

Estaba un día yo en mi casa cuando me invitaron a las fiestas de Ocotlán, recuerdo que ese día me levanté con una enorme molestia en la garganta que vaticinaba una gripe bastante agresiva, entonces me dije a mi mismo, ya no voy a fumar ni beber hasta que me aliviane, cosa que iba cumpliendo bastante bien hasta la noche. El sol se metió y yo no tenía planes de ir a ninguna parte hasta normalizar mi estado de salud, bastante golpeado ya para esa hora, entonces llego el wero, que cómo buen enviado de belcebú y animador de todos sus vicios me invitó a las fiestas del rancho en que habitamos para salir un poco de la rutina de siempre beber cervezas en mi casa.

Las fiestas patronales de este lugar no son distintas que en ningún otro lado, se trata de beber cómo desquiciados, terminar rebotando en las paredes, olvidar tu buen sentido musical, si es que lo tienes, cómo es mi caso, modestia aparte; y cantar rolas gruperas a todo pulmón, si tienes suerte y habilidad para conseguirlo sacar a bailar a alguna chica a la que no le parezcas tan pinche, en este aspecto no he tenido suerte. Y un sin numero de rituales en lo que todos incluyen alcohol. Yo cómo buen periodista siempre hago la observación participante, o sea que me pongo a pistear con la raza, para observar su comportamiento.

Sin embargo me preocupaba lo de la gripe, pero entonces cómo por inspiración me acorde de un remedio ancestral para curar este padecimiento, ponerse hasta el copete de alcohol, porque después de todo, hasta el mal de amores cura, por lo cual mandé mis cuidados al carajo y me puse a beber el whisky de mediana calidad que habíamos comprado. Todo transcurría con normalidad, bebía bien a gusto con el gordo y el wero, incluso puedo decir que el dolor de garganta comenzaba a desaparecer, la banda de la terraza tocaba flor de capomo con la mínima atención de parte de los asistentes, entonces empezó a soplar un viento de alta velocidad, la gente corría cómo loca a refugiarse dentro de la terraza, a la cual desde que el viento inició a soplar se le fue la electricidad, o sea que ni luz ni musiquita para amenizar el ambiente. Entonces se vino el tormentón, con gotas que parecía odiar al suelo, nosotros ya estábamos incómodamente refugiados con un chingo de gente bajo el precario techo de la terraza bicentenario, adornada con fotos de los héroes de la patria, aunque provoque risa. Sin nada que hacer dentro de ese espacio, la gente decidió armar el partyson bajo la lluvia. Mientras el agua subía y empezaba a mojarme los pies. La gente cantaba, bailaba, inflaba condones, y yo me mojaba los pies. Llegó un mujer con una voz aguardentosa y sexy, para pedirme un cigarro que yo encendí galante, eso mientras me mojaba los pies. La noche finaliza y yo terminé bien borracho, pidiéndole al señor de la misericordia que por pistear en sus días se llevara mi gripe.

Día siguiente: a penas puedo respirar, mi cabeza me duele y ardo en fiebre, me cuesta mucho levantarme de la cama y extraño a mi mami para que me haga una sopita, así chingona con camarones y harto limón y chile. Pero "qué lejos estoy del suelo donde he nacido..." me tengo que hacer una puta sopa de esas instantáneas y tomar agua de la llave, porque tengo un gorrón en casa que no la paga y tratamos de darle una lección muriéndonos de sed. Un día terrible, al parecer el remedio ancestral no cuenta con que llueva y te mojes las patas por la necedad de usar converse, entonces no ha funcionado. Vuelve a llegar la noche, vuelve el wero, vuelve la propuesta para ir a beber a las terrazas, entonces yo desde mi lecho de enfermedad clamo con una voz super culera y la garganta destrozada, "sí".

A fin de cuentas sólo una vez al año hay fiestas. Entonces ahí voy, el mismo ritual, el mismo veneno, pero todo se va al carajo y casi me desplomo dentro de un baño cochino y apestoso, la vista se me nubla, con fortuna alcanzo a salir de ahí y me caigo en el lodo de afuera. Me tuve que ir a casa en taxi para tomar algo, cómo soy niña cuando me enfermo y cuando estoy crudo.

Desafortunamente hoy no vino nadie por mí, cómo me cagan los domingos.

Ulises Silva.

23 de septiembre de 2010

Sabe

Me doy cuenta que mientras más pasa el tiempo menos escribo, y me pregunto a qué chingados se debe. Será que ya no me llega la inspiración borracha, qué mis musas andan de fiesta por otro lado, que no tengo cigarros en las noches, qué se me termina el pisto y me quedo con ganas de más, qué no me llamo Javier. Bendito sea el señor de la misericordia. Cómo que hoy tenía ganas pero se me escaparon en una o dos canciones, entonces luego vuelvo a la libreta... pero ya no tiene sentido, parecen garabatos. Siempre he tenido mala memoria se me van las cosas y cuando vuelven se me olvida para que era que servían, cómo los truenos, nomás asustan pero caen rete lejos.

Una vez tuve el atrevimiento de pensar que era importante, me ganó la arrogancia y me tendí sobre el zacate para admirar el cielo, dónde recuerdo que había una nube con forma de tortuga, pero cuando me levante no había nadie allí: Mejor, pensé yo, entonces me prendí un cigarro y volví a buscar la tortuga, pero esta había mutado a una forma rara que ya no podía entender, algo así bien raro y deforme, me volví a levantar, otra vez nadie, el fuego ya casi llegaba al filtro pero no tenía ganas de irme de ahí, por alguna extraña razón me resultaba reconfortante que el pasto me picara en los pies, al menos no eran zancudos. Lo mismo no podía detenerme mucho tiempo debajo del árbol, tenía hambre y ya eran más de las once. Pero me gano la flojera y me quede ahí, entonces la linea anterior no tiene importancia. Es entonces cuando pienso lo reciclables que son las personas, lo mismo yo, no sé si eso es bueno o es malo. Si creo que es natural, nadie es irreemplazable, pero si es raro darte cuenta de lo poco que importas, lo chiquito que puedes resultar, no es cómo para hacer un drama, pero si resulta incomodo. Es lo malo de las expectativas.

Ulises Silva.

13 de septiembre de 2010

Peso Muerto.

En sueños aparece y desaparece obligada, provoca lenguas de fuego que salen de los ojos cansados, que reviven sólo para odiar por un segundo. Al odio que llena el pecho no se le permite salir, la apatía lo mantiene cautivo. Se pregunta cómo llego hasta ahí, fue repentino, cómo la explosión de un boiler defectuoso, súbito y se quedo ahí guardado, no carcome las entrañas ni esas mamadas que suelen decir del odio, solo suspira y tira mala vibra, pero deja vivir.

Por fortuna o infortunio, el inquilino nunca recibió semejante visita, así que prefiere mantenerla alejada en un rincón a la espera de que se aburra y se vaya en algún momento y lo deje otra vez vacío, cómo le gusta estar en un habitación dónde sólo se escucha el eco de sus palabras y se hablan entre ellas. Tan fugaz cómo los momentos en que el cuarto está lleno y tirado espera la retirada de algo que no entiende; en una prueba de honestidad, habría que decir que en realidad no entiende nada... cómo toallin.

Si bien podría ser tomado para bien, una fuerza desconocida que aviva el alma y le dice "ponte trucha morro", prefiere no hacerlo, le dijeron que el odio es el del diablo y se lo creyó, mientras aprendía que el amor también. Entonces ¿Para qué chingados tanto drama? Sólo el diablo lo sabe, pero cómo es malo no dice nada, y cómo es sabio por viejo, más que por diablo, se caga de risa. Las palabras dejan de chocar, parece que algo empieza a tomar sentido, las ideas se forman en la pared junto a un cadáver de mosco mutante ninja: El odio tampoco es necesario, es mejor dormir y mañana seguir siendo cínico, mañana burlarse de la vida, mañana no sentir, abandonarse a la ironía y que esta siga su curso.

Bendita Cafeína.

Klansman.