7 de octubre de 2011

Confesiones de Otoño

Zancudos otra vez. A pesar de la costumbre no deja de ser molesto; con la garganta seca es muy difícil hacer ese chasquido con los labios propio de cuando algo está mal y se quiere expresar sin echar maldiciones en voz alta. Luego de un rato el chasquido logra producirse, mal pero sale.  Agua. Nada salvo una variedad de botellas de litro y medio vacias y juguitos robados, en garrafón en las misma condiciones ¿Cuál era el sueño? A veces permanece un rato, sin embargo esta vez el despertar se llevó bien lejos. Despertar crudo luego de un sueño agradable es horrible: la realidad se acentúa, así como los síntomas de la resaca. Una pesadilla era mejor, puede ser fuego y sangre y al abrir los ojos se convierte en algo mejor. Pero no, la sonrisa sonámbula delata.

Los lunes parecen todos iguales, huelen a tedio con 355 ml. de ausencia y cabellos quemados, no llegan al nivel de odio, pero no terminan por gustar. No son buenos días dicen los dichos populares de la gente; aunque también es necesario admitir que también, muy esporádica mente, los hay buenos, este no, pero algunos.

Los lunes. -No pueden estar todos muertos. -Se lo repite constante con deseo febril de que sea verdad. El rugir convertido en añoranza de playa para que no sea confundido por el hambre dice lo contrario. -No pueden estar todos muertos. -Vuelve a eso con terquedad. -¿Qué sentido tiene nada si es así? No es posible, sería un capricho por demás imbecil, no puede terminar así. - Las lagrimas terminan por salir, estúpido libro, que ni siquiera provoca dormir de nuevo. Para un carajo sirve y la palabra se dicho.

Zancudos. No saben nada de días, ni siquiera los lunes en su inutilidad dejan de molestar. Ni siquiera en otoño recién llegado los hace retroceder. Ni siquiera el ventilador prevalece, vencen de nuevo y no dejan dormir.

Después de tantas noches podrían merecer una novela: Piquete en Domingo podría llamarse. Esos vellacos, villanos dignos de una historia cruel y violenta de series de HBO o AMC. Las desveladas no solían molestar tanto, fresco cómo una lechuga solían decir los primos luego de una noche de juerga, con historias épicas de escalar edificios, vomitar cofres de autos, perder zapatos, acoso sexual, incesto y bailes interminables. Fresco cómo lechuga. Los años llegaron con ojeras y dolores de riñón, están aquí, acompañan y se burlan silenciosos de cada dolor de tendón, cada mañana con un gusto a moneda en la gran boca que no deja entrar la luz. Muy pocas sorpresas para menor atrevimiento, pesimismo sonámbulo suelen decirle. ¡Dos muertos de golpe! Surge una voz. Ves cómo no es tan fácil puto viejo.

Cómo Eörl el jovén, los años pasaron echos una furia sobre las montañas, no blancas, verdes en este caso. Ahora viene el sueño de recuerdo antes del mosco despertador, llanuras sin ciénegas muertas que acunen bichos, sin changos ni tucanes, ni camarones gigantes para el caldo de una resaca anunciada. Llanuras y pequeñas colinas apenas perceptibles cómo formas de mujer... ahora se entiende la sonrisa.

Ulises Silva.

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