Entre hacer silencio o hacer un cagadero. Kupuca decía que podía hacer un silencio tan grande que podría derrotar los sonidos del mal, matar a cualquier ruido mal intencionado, puede ahogar las gargantas con un ruido atorado en el cogote. El cagadero falló, era un cagadero por sí mismo y no le iba a traer bien a nadie, así fue. Maloliente mira a ambos lados y se encuentra solo, se sienta en el suelo y come unos chetos lo más ruidosamente que puede, rompió todo lo que tenía que romper y siente a salvo en medio de caos... Kupuka ríe, su silencio se hace y el cagadero desespera, comienza a romperse, lo que destruyó comienza a florecer. Esta vez Kupuca se entristece, sus flores ya no son las que amaba, cambiaron bajo la luna. Ya nada será cómo fue, para mal o para bien, dice Gandalf y le da una palmada en el hombro a su compañero.
Gandalf alega que el silencio es un suspiro, no un estado por sí mismo, un suspiro antes de luchar con estruendo contra el cagadero; pero no, no es sólo estruendo, es una armonía musical acompasada con rabia y dignidad. El silencio medita sobre una roca, el viento intenta llevarlo de aquí para allá, pero él se hace pesado, se convierte en la roca, el viento se la pela. Gandal lo mira y se sonríen el uno al otro, pero el mago anima al caballo con un grito y carga hacía el sur, dónde las flores de Kupuca florece en un valle hondo rodeado de alcones que no se dejan ver de pie.
Kupuca salvó a los Confines, Gandalf salvó a la tierra media. Con silencio uno, con estruendo musical el otro. Uno espera escuchar las risas después del silencio, otro la calma después del estruendo, ninguno estuvo ahí después para ver su legado, pero todos se lo agradecieron por varias generaciones de hombres, hasta que la historia se convirtió en leyenda y la leyenda se convirtió en mito.
El cagadero murió ahogado en su propia inmundicia, sin poder decir otra palabra.
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