Ocho largos años habían pasado con el pie sobre la cabeza y la zozobra de ver pasar los minutos con una impotencia, aventar ceniceros contra la pared, mentar un millón y cuatrocientas venticuatro madres y aún así no sacar toda la furia del pecho y seguir sintiendo la suela de la bota en la garganta. Por ocho largos años había 180 minutos al año en que me volvía un individuo más de la perrada y sentía mi corazón sufrir o alegrarse (nunca paso) con los destinos de una pelota y veinte y dos monitos corriendo cómo pendejos, once más pendejos que los otros; llorar, reír, rabiar y adolecerse por un equipo que hace años no gana nada, puta madre hasta me sentía atlista por momentos. Ver perder a Cruz Azul contra América era en verdad un momento oscuro dentro de mi vida, ya era más por el chinche orgullo de que en verdad ni me apasiona tanto el fucho cómo otras cosas, pero soportar la carrilla se siente feo, aunque te pongas en estado let it be.
Sin embargo, hoy que terminan esos tiempos no me hace lo feliz que me hubiera imaginado. Cuestión de comparación. En mis pensamientos solitarios me imaginaba corriendo en círculos gritando goles hasta desgarrar mi garganta, en misa pagando una manda, buscando amigos americanosos para burlarme de ellos hasta que se me terminen los chistes, feliz de la vida.
Lo malo que me ha dejado este fin de semana es el descubrimiento de que me importan madres los goles de Villa mientras pueda bailar en el tope, o que el Chaco se lleve a cuatro, si puedo ir a ver lucesitas desde el cerro. El baile del medio campo no es mejor que sus ojos mientras bailamos lo más ridículo posible; prefiero compartir un cigarro con usted que gritar un gol con muchas playeras azules, su pelo que el pasto del Azteca, no el sudor de la playera, eso es feo por si sólo. Hasta las bolas del cora son mejores que el balón entrando en la red.
Hoy Cruz Azul le ganó a América y me importa un carajo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario