Se suele pensar que los sueños pueden tener algún grado de
visiones proféticas, respuestas a preguntas que llevan un cantidad considerable
de tiempo sin respuesta; una suerte de epifanías mágicas que resuelven la vida
con un gesto. Se responde a sí mismo que no es cierto, son proyecciones de
deseo profundos y respuestas que ya se
tenían. Hacer caso a los sueños es como
tener una larga conversación con uno mismo. Este tipo de conversaciones, si
bien puede ser enriquecedora, llega un punto en que vuelve aburrida, contemplar
las mismas opciones, ver los mismos escenarios, tan cíclica que se torna demasiado
humana y deja de llamar la atención, se vuelven ecos viejos.
Como por un berrinche auto inducido, se puede pensar en la
regla de oro: “New is allways better”. Perseguirla se transforma en el cuento
de nunca acabar, perseguir como loco lo nuevo y cuando se tienen dos rayitas de
consciencia encontrarse perdido, metido hasta los muslos en un mundo
desconocido, rodeado de pequeños detalles que confunden más la ubicación.
Tamborazos a destiempo, guitarras desafinadas y letras
disque bien profundas que en realidad no están diciendo nada en absoluto…
persiguió un sueño que se coló como un susurro constante de un hueso bajo
alguna piedra rota en el camino y terminó perdido en el silencio. Un silencio
doble que no deja de multiplicarse. Un silencio por el susurro que se quedó atrás, se puso un monóculo
y comenzó hablar de cosas bien raritas, el mismo que indicaba el camino y
después se arrepintió, se hizo un ovillo al costado de un árbol para perder su
voz en las hojas. Otro silencio nace de ahí, de lo absurdo del presente y de
saberse perdido, de la derrota luego de
la fanfarronería, de creerse sabio y saberse vacío, incapaz de alegar sorpresa.
Una risa histérica le sube por los huesos, una risa vieja,
tan arcaica que el chiste se esfumó en la carcajada. Los chistes ahora siempre
son viejos, lo nuevo nunca llega, se adelanta en corretizas que vale más
sentarse a valorar el esfuerzo en perseguirlas.
No, no se entiende, entonces ¿Por qué la risa estridente?
Aquél es el “escritor” que olvido las letras, que se retiró a las cartas de
amor sin destinatario. El que no se perdona, que olvido su nombre para no
culparse por nada, alega que lo perdió debajo de una ola. Nos volvemos a
encontrar para olvidar los sinsentidos, para dejar de lado la ardillez y
volver, sin el lado asqueroso de la palabra, vamos hacer las paces y olvidar
los sueños guajiros. Hubo un presente inentendible, nuestro “Revolver” que
exige detenerse, un descanso de actualizar lo que ya no es en cuanto se
alcanza. Es momento de aceptar la premisa de un perro y volver al cinismo puro
del “Soy el que soy”.
No hay promesas, ni cortas ni largas, hay forma de llenar el
silencio sin despreciarlo, porque siempre precede a algo. Es tiempo de escribir
de escribir sobre cosas bonitas aunque renieguen de serlo.
Klansman.
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