Había una vez un mes llamado noviembre que era bien manchado y su pasatiempo favorito era fastidiar a todos los que podía y se retorcía de la risa al ver la cara de todos aquellos que lograba hacer victima de sus fechorías. Se dice que vivía resentido por no ser diciembre, el mes que todos adoran por sus fiestas, el ambiente navideño, la comida y demás que pasa por ahí; tampoco era septiembre en México cómo para contemplar jocoso el patriotismo falso y los borrachos gritando viva el país, él tenía la revolución, pero en esa nadie pistea. Tampoco era verano para estar en la playa con unos camarones y con la vista fija en la indecisión de las olas, él en cambio se congelaba los dedos de las manos.
Cómo ser emo ya no estaba de moda se volvió travieso, con un indice de perversidad bastante alto. Era feliz jodiendo situaciones y personas por treinta días seguidos, siempre resguardado por el inexpugnable tiempo, nada se podría hacer contra él salvo esperar a qué terminara. Paciencia clamaba el corazón, mientras la furia la iba desplazando hacía quién sabe dónde, ni siquiera el yoga ayudaba, todo lo bueno y bonito parecía deslizarse entre las manos sin poder retenerlo ni con resistol de ese de papelería.
Contaba los días, veía el calendario para planificar sus fechorías, cada una más malvada que la otra, quería convencerse de que era malo y no sólo un resentido porque nadie le hacía caso, de hecho con el paso de los años empezó a carecer de importancia, sólo era lo que era y no podía ser de otra manera, o quizás sí, pero que hueva cambiar.
Nada puedo hacer yo para cambiar a noviembre y su perversidad. Sólo puedo pensar para mis adentros: "Puto".
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