6 de diciembre de 2009

El Mañanero.

No recuerdo la última vez que estaba despierto un domingo a las ocho de la mañana, aclaro, después de haber dormido en sábado, porque seguido era porque recién venía llegando...ah (suspiro) ¡qué tiempos aquellos! No sé que me paso. Pero hoy estoy aquí, despierto como niño para ver Chabelo o viejito que se levanta para ir a misa, y reflexiono sobre muchas cosas.

Llego de la FIL con muchos pensamientos que trato de poner en orden. Estar sentado durante tantas horas y escuchar hablar tanto sobre periodismo y su función en las democracias de nuestros países, me queda una cosa muy clara, me gusta lo que hago y mucho. Sin embargo me queda otra cosa muy clara, no puedo estar rodeado de gente. Simple y sencillo, no soporto estar rodeado de gente, me siento invadido, igual y es porque tengo en mi alta estima mi espacio, pero no puedo estar rodeado de tanta gente sin sentirme incomodo, no sé si esto sea positivo o negativo, para mi nunca ha representado un problema, pero siento periodista, puede que resulte en un problema más adelante. No me gustan las metrópolis, soy muy feliz en un lugar donde para muchos no hay nada que hacer, pero yo me siento muy libre, más humano, no como un objeto caminante y parlanchín. No me gusta Guadalajara.

No es que sea sólo por eso de mi sociopatía y así, pero tengo demasiados malos recuerdos de esa ciudad, sí, me han pasado cosas buenas ahí, pero en un balance son más los malos. En cuanto entro a la ciudad no puedo dejar de sentir el peso de todos los recuerdos que tengo. Mi amiga Anita me dijo que no puedo huir de los recuerdos, tiene toda la boca atascada de razón, pero la verdad es que prefiero evitarlos en tanto sea posible, si bien he vivido mucho, como para no tener recuerdos de nada, tampoco es cuestión de buscar situaciones que me hagan sentir miserable, mi humilde opinión. Bueno no tanto así como miserable, nostalgia, esa es la palabra adecuada, por cosas que fueron, lugares donde terminaron toda una serie de recuerdos felices, es como recordar en un aeropuerto, bueno central camionera, soy pobre y tengo que admitirlo, cuando se va un amigo y te pone triste saber que ya no podrán seguir bebiendo hasta el amanecer. Y cómo no me gusta pensar en cosas que ya no tienen solución prefiero huir de ese tipo de lugares. No es miedo, creo, es simplemente por salud mental.

No es que este cerrado a nuevas oportunidades de encontrar algo nuevo, algo que me haga amar las ciudades, pero la realidad es que no creo que la encuentre, al menos por mí; me encanta vivir en una ranchito, frío o demaciado cálido a la orilla del mar, donde puedes pasear a tus anchas, sentir como el viento sopla y detenerte a contemplar los cerros verdes, más verdes que el mar y el cielo azul intenso, no gris o marrón por la contaminación. Le agradezco al destino que me puso en un lugar como Vallarta, y que me dejó ver otras ciudades y demostrarme como amo la mía. Sí, soy etnocéntrico, pero ¿sabes qué Eliseo? Me importa un carajo.

Ulises Silva.

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