14 de enero de 2010

La hora del silencio... un mes.

Ha sido un largo mes desde aquél día sentado, con una botella de escocés entre Lalo y yo. Un mes de poner a prueba todos los sentidos de erguirse y de contemplar el mar, para después agacharse para no golpearse contra las ramas del cerro. Para llamarlo de alguna forma, un mes de conciencia etílica y regresiones. Bebí demasiado y me cansé de esperar, entonces me moví, pero para atrás, muy atrás, hacia cosas que solo quedaban una memoria muy lejana. Necesitaba recuerdos que no me hicieran daño, antes de otras cosas.

Me dí cuenta, mejor dicho me dijeron, porque yo no me acuerdo, que en ese estado de (inconsiente) alcoholemia, no soy capaz de soportar el silencio, le temo. Probablemente cuando estoy borracho me vuelvo más abierto a compartir mis pensamientos, pero ese no es el problema, al parecer me da miedo que el silencio me lleve a lugares de los que estoy huyendo y que en estado alcohólico llegaré en cualquier momento. Eso no es positivo. Hace tiempo, antes de emprender mi viaje, era un tipo que se quedaba con todo dentro, le tenía miedo a los jueces, muchos traumas infantiles, jojo. Hasta la fecha les sigo temiendo pero, por las circunstancias he tenido que ignorarlo un poco. Y cosas de la vida; ahora a lo que le tengo miedo precisamente es al silencio, preciso hasta de la música para ausentarme, re jodido que está eso. Creo que es el momento de un experimento nuevo, una regresión.

Cómo lo pensó Kupuka: "contra las voces del odio se precisa un silencio, un silencio poderoso como un arma, donde choquen las voces y no puedan entrar". Es el momento de acallar esa parte de mi cerebro y mis ilusiones para que hablen en un mejor momento, o se mueran por inanición. Ya no. Las cosas pasan por algo, callaré mientras averiguo que es el bien que vino de este mal. Pancho y Melissa, ustedes tienen razón el tiempo dicta, pero ahora parece detenido y yo necesito salir del limbo.

Ulises Silva.

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