Caminaba por la sombra de una pared mucho más grande de lo que podría necesitar una casa normal. Miraba por ahí, deleitado por el pasto y ausente por las gorras que en algunas personas se ven graciosas. Otra vez paseabas por ahí y te pusiste a un costado, medio metro nomás, cómo que tentabas al diablo que en su cobardía se quedo sentado en su trono, sin hacer el minimo movimiento, parecía con pocas intenciones de ponerse a intervenir. El diablo es puñal y no bebe coco con ginebra; sigue llamándome alcohólico infeliz, hazte la idea que quiera no me importa un carajo la verdad, yo estoy re bien a gusto y muere muerte (paréntesis para peinarse el bigote y declarar incongruencias).
Pero volviendo a la casa con la larga y ancha pared... El diablo no intervino y yo me contenté con tu olor, A dos palmos de perder la cordura, tal vez menos, tal vez más, medio metro. Por suerte recordé mi promesa, nunca más alguien de tu especie me hará daño, ni me les voy acercar porque me gana una tentación magna, pero esta vez yo no me acerqué: fuiste tú, lenta y delicada te posaste en la silla contigua, miraste a un lado y al otro, esperabas una palabra o dos o muchas y no te dí el gusto. Mi lengua se trabó detrás del paladar incapaz e incrédula de salir a saludar, victima de un nerviosismo adolescente risueño y bastante pendejo, cómo hacía mucho tiempo que no me pasaba. Optar por el silencio cuando nunca me para el hocico, caer en la eterna contemplación de algo que duro un minuto, lo que te tomó irte a sentar a otro lado y no volverme a mirar, hasta al final con bastante desdén.
Pero me basta con verte de lejos y observar como se curvan tus labios aunque digas que te duelen después, en verdad quiero saber que se esconde detrás de tus nerviosos pataleos cuando cuentas algo, de tu voz chillante y de tus chanclas moradas, para que veas que tu también las usas.
Muy a pesar, también a mí una sonrisa puede volverme loco.
Klansman.
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